Los objetos nunca son neutros: la historia detrás de mi filosofía de diseño.

Durante años descubrí que, antes de dibujar una línea, siempre me hacía la misma pregunta: ¿cómo puede un objeto mejorar, aunque sea un poco, la experiencia cotidiana de quien convive con él? La respuesta me llevó a observar la naturaleza, a abstraer sus principios y a traducirlos mediante la geometría

Creo que los objetos nunca son neutros.

Vivimos rodeados de ellos y, aunque dejemos de notarlos, siguen formando parte de nuestra vida. Nos reciben cada mañana, nos acompañan cuando trabajamos, descansamos o cuando comemos. Habitan nuestros espacios y, con el tiempo, también nuestra memoria.

Muchas veces pensamos que los recuerdos viven únicamente en las personas, pero también permanecen en los objetos. Todos tenemos alguno al que volvemos sin pensarlo: una taza favorita, un sillón donde siempre nos sentamos, una lámpara que encendemos cada noche o un mate que nos acompaña desde hace años.

Con el tiempo dejan de ser simplemente objetos. Se convierten en parte de nuestros rituales.

Todavía conservo el mate que me acompañó durante la pandemia. Era el mismo con el que me sentaba cada tarde en el balcón junto a mi perrita. También guardo otros objetos que me recuerdan a mis dos perritas y a mi pajarito, que hoy ya no están.

Fue entonces cuando empecé a preguntarme algo que todavía hoy intento responder con cada proyecto:

¿Cómo puede un objeto mejorar, aunque sea un poco, la experiencia cotidiana de quien convive con él?

Los objetos permanecen con nosotros durante años. Por eso creo que el diseño tiene una responsabilidad que va más allá de la funcionalidad.

No basta con que un objeto funcione.

También debe preguntarse cómo acompañará a la persona con la que convivirá cada día.

Con el tiempo comprendí que no conservo esos objetos por lo que son, sino por todo lo que representan. Son recuerdos materializados. La prueba de que los objetos pueden conservar aquello que más queremos, incluso cuando ya no podemos abrazarlo.

Eso me hace pensar que los objetos trascienden su función. Con el tiempo dejan de ser solo objetos para convertirse en testigos silenciosos de nuestra historia.

Esa es una de las razones por las que creo que el diseño tiene una responsabilidad.

No basta con que un objeto funcione. También debe preguntarse cómo acompaña a la persona que convivirá con él a veces durante años.

Creo que la belleza no es un lujo.

Es una necesidad silenciosa.

No porque resuelva nuestros problemas, sino porque modifica la manera en que habitamos el mundo.

Necesitamos vivir rodeados de objetos que nos hagan sentir bien en el lugar donde vivimos.

Un espacio cuidado transmite calma. Un objeto bien diseñado puede transformar la experiencia de una rutina cotidiana.

Los objetos no cambian nuestra vida de un día para otro, pero cambian pequeños momentos. Y los pequeños momentos terminan construyendo nuestra vida.

Hay muchas cosas que escapan a nuestro control. La vida rara vez sigue el camino que imaginamos. Sin embargo, hay un lugar donde sí podemos tomar decisiones: nuestro hogar.

Podemos elegir cómo queremos habitarlo. ¿Qué objetos nos acompañan? ¿Qué entendemos por belleza? ¿Qué formas, materiales y colores nos transmiten calma? Poco a poco, esas elecciones terminan construyendo un espacio que habla de quiénes somos y que, apenas cruzamos la puerta, nos hace sentir que estamos en casa.

Quizás por eso, desde muy chica sentí la necesidad de crear. Tenía juguetes, pero muchas veces prefería fabricar los míos. Me entusiasmaba imaginar algo que todavía no existía y construirlo con mis propias manos.

No era solo el deseo de hacer algo nuevo; era la necesidad de crear algo que sintiera propio, algo que me representara. Sin saberlo, ya estaba descubriendo que crear era mi manera de relacionarme con el mundo. Con el tiempo entendí que no estaba intentando fabricar un juguete. Estaba buscando rodearme de objetos con los que pudiera identificarme

Años después encontré el Diseño Industrial. No fue el comienzo de esa necesidad. Fue ponerle nombre.

Con el tiempo descubrí que aquello que más despertaba mi curiosidad era la naturaleza.

No únicamente por su belleza. Sino porque detrás de cada forma existe una lógica.

Cuando observo una mariposa, no pienso solamente en sus alas. Pienso en la transformación que representa, en el equilibrio de sus proporciones y en la manera en que una estructura puede comunicar fragilidad y fortaleza al mismo tiempo.

Cuando observo un caparazón no veo únicamente una espiral. Me pregunto qué hace que siga siendo reconocible cuando desaparecen los detalles. ¿Qué permanece cuando eliminamos el color, la textura o la escala?

No observo la naturaleza para copiarla.

La observo para aprender de ella.

Porque lleva millones de años resolviendo problemas de equilibrio, adaptación, crecimiento y transformación.

No me interesa reproducir sus formas. Me interesa descubrir los principios que las hacen posibles.

Ahí comienza mi proceso. Observar, investigar, interpretar, depurar, elegir y traducir.

Muchas veces se dice que abstraer consiste en simplificar. Yo no lo siento así.

Abstraer no es quitar. Es elegir.

Es decidir qué conserva la esencia de una idea.

No busco que un objeto sea una réplica de lo que observo. Busco que conserve aquello que los hace reconocibles incluso cuando dejan de parecerse a ellos.

La abstracción es mi manera de traducir una idea, conservando únicamente aquello que considero esencial.

Y la geometría es el lenguaje que encontré para hacerlo.

No la utilizo como un estilo.

La utilizo porque me ayuda a descubrir relaciones.

La geometría me permite revelar proporciones, ritmos, tensiones y equilibrios que muchas veces permanecen ocultos detrás de la apariencia. No veo círculos, triángulos o líneas como figuras aisladas. Los veo como palabras de un lenguaje con el que puedo traducir aquello que observo en la naturaleza.

Cada proyecto es una traducción.

Y toda traducción implica interpretar.

Nunca será una copia.

Siempre será una nueva manera de expresar una misma idea.

Creo que cada objeto merece haber sido pensado.

No porque deba reinventar todo lo que conocemos, sino porque detrás de cada forma debería existir una decisión consciente. Hasta los detalles pequeños cuentan.

Cuando diseño, intento imaginar cómo será convivir con ese objeto dentro de cinco o diez años. ¿Qué lugar ocupará en una casa? ¿Qué rituales acompañarán? ¿Qué recuerdos evocará?

Me interesa pensar en objetos que permanezcan, no solo por su durabilidad, sino porque las personas quieran seguir conviviendo con ellos.

Aspiro a crear objetos que acompañen.

Objetos que hagan una pausa en medio de la rutina.

Objetos que recuerden que la belleza también pertenece a lo cotidiano.

No entiendo la belleza como un exceso de decoración ni como una tendencia.

La entiendo como aquello que mejora nuestra experiencia diaria.

Aquello que hace que disfrutemos un poco más del lugar donde vivimos.

Que nos invite a mirar con atención.

Quizás esa sea la tarea del diseño.

No cambiar el mundo de golpe.

Sino transformar, aunque sea un poco, la manera en que lo habitamos cada día.

Los objetos nunca son neutros.

Nos acompañan, transforman nuestras rutinas y, muchas veces sin darnos cuenta, terminan formando parte de quienes somos.


Artículos relacionados



NEWSLETTER

Share